Que estoy lejos de tu piel y exijo deslizar la punta de mi nariz sobre ella cuando sale el sol, cuando se esconde.
Que observo de cerca tus pupilas, el color miel amaderado cálido que las rodea y exijo teñir todo lo que exista del mismo calor.
Que la suavidad de las yemas de tus dedos, la suavidad de tus pies, la suavidad de tu tacto.
Que la suavidad de tus sonidos, de tus movimientos, de tu parpadear.
Que cierro los ojos y te vuelvo a ver, y que exijo que estés.
Que respiro y te inhalo, que respiro y te exhalo, y que exijo disfrutar tu respiración también.
Que exijo que juguemos: a la mamá y el papá, a los hermanos, a los compañeros, a los mejores amigos, a que estamos y no estamos, a los casados y divorciados, a amarnos y detestarnos, a tocarnos y alejarnos.
Que exijo que seamos y no seamos, que pensemos y razonemos, que saltemos y lloremos, que bailemos y cantemos, y que hagamos y no hagamos.
Que exijo un intercambio: escucha, consejos y cuidados, que haya lucha y milagros, que haya conflictos y abrazos.
Que exijo transparencia y tacto, comunicación y hallazgos: dar y recibir, una constante finita infinita de cambios, y que exijo transformarnos.
Que exijo construir: castillos, estados, sonrisas, sueños, y que exijo extasiarnos, derretirnos, formarnos.
Que exijo en vano: todo está en mis manos y que elijo fundirme en tu pecho aunque parezca ir en contramano.
Que las señales las creamos y tu cuerpo me afirma, con cuidado, que tan sólo siga creyendo que te amo.